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19/05/2022

INDIGNA MUERTE: DIARIO ABREVIADO

 

Día 23: Estoy muy cansada. Pasé, todo el día, pegada a la ventana, el sol me devora, pero me gusta estar ahí. No
se la vida que me queda, una semana, acaso. Dos sería, ya, una eternidad, pero… ¡quién sabe! Con un poco de suerte mañana podré seguir en este mismo lugar, me quedaré acurrucada y tal vez ese horrible niño no me vea.  Hoy anduvo buscándome, llegó, incluso, a levantar su mano amenazadora. Menos mal que su madre grita fuerte y me alertó, porque allí estaba, mirándome a través de esas gafas inmensas, Tuve el tiempo justo de escapar mientras él recogía, de mala gana, sus cosas desperdigadas por la habitación. 

Día 24: Hoy tuve una mañana tranquila, el niño y su madre han salido. Al llegar ha vuelto a intentarlo, he visto su cara enfurecida. Esta vez fue el perro, reclamando su paseo, lo que le hizo olvidarse de mí. ¡Esto no es vida! pero bueno, pronto se habrá acabado todo.

Día 25: Llegó a media tarde, hoy traía en la mano un arma mortífera, su gesto era cruel, la ha empuñado ufano y me ha disparado en toda la cara, la habitación tiene ahora un olor extraño, como a perfume raro, estoy notando cierto grado de adormecimiento, creo que voy a morir, no me importa, pero me hubiera gustado hacerlo con otra dignidad, tal vez más cerca del cubo de la basura. Al fin y al cabo, las moscas comunes no vivimos mucho más de un mes y yo llevo ya 25 días en este mundo. No sé si podré considerarme una mosca de edad avanzada pero sí, estoy cansada, muy, muy cansada…mucho. 




27/04/2022

LA HORA BOBA

 

Imagen de Walter Frehner en Pixabay 

Hoy me enfundé la bata blanca, esa que me da un aspecto a medio camino entre ayudante de laboratorio y aprendiz de un atelier, las manchas difusas de pintura parecen acercarse más a esto último y eso me ha dado alas para ponerme a ello. 

Ahí está esa pared hambrienta de trazos, es la pared perfecta, la pared donde pierdo a menudo la mirada cuando esa hora boba, de luz retozona, intenta gastarme bromas absurdas mientras escucho las voces veladas portadoras de historias que me distraigo en dar vida. 

No, no es una pared cualquiera, porque al otro lado vive el imposible, solo tienes que saltar por el abismo del miedo y dejarte caer lentamente. Cerrar los ojos y tocar, al azar, tocar los principios, los érase una vez, girar las llaves guardianas del después. 

Hoy, que me enfundé la bata blanca, he pintado, por fin, la biblioteca perfecta, con el anhelo de poder deslizar el corazón, ese dedo medio que hace palanca como un “ábrete sésamo” a la cueva donde habitan cien mil vidas. 

He pintado, también, una pequeña puerta, en la parte baja. Es necesario, por enigmático, que las bibliotecas tengan puerta, de otro modo ¿cómo entrar en los mundos que serán posibles?

Me acomodo, puntual, en la pequeña butaca verde a esperar la hora boba. Está llegando, la luz atraviesa la estancia, entra acariciando mi espalda y al tocar los muros se desdibuja, lisonjera, al compás de las voces del otro lado. 

Mi dedo se atreve, un toque y atravieso la puerta. Las ocurrencias despliegan sus alas y en un momento todo adquiere sentido… ¡Tan solo son mis vecinos! Esta vez es demasiado prosaico, así que saludo amablemente y mientras pido disculpas por la intromisión, observo su turbación y su miedo.

-Perdón, me confundí de novela. (Quién me mandaría tocar “Nada”)

Vuelvo a atravesar la puerta, vuelvo a mi butaca, la luz boba ha desaparecido. Suena el timbre de casa, aunque más que sonar, cruje, como irritado. 

¡No seré yo quien abra sabiendo cómo construyen hoy día!


08/04/2022

Hotel San Filipo.

 


¡Cómo me atrae esa puerta giratoria! Creo que elegí ese hotel por aquella maravillosa puerta, Me gusta entrar y, aferrada a su barra, dejarme
llevar en ese tiovivo de pequeños infinitos. Entonces cierro los ojos y me juego la cornamenta arriesgándome a salir por donde creo que toca. Varios coscorrones más tarde  me hallo, por fin, ante el gran vestíbulo del Hotel San Filipo. Me atrapa esa sensación de mareo y aturdimiento mientras sorteo las maletas de los viajeros presurosos y me percibo como el Minotauro, recibiendo las ofrendas que me dedican todas aquellas personas  invadidas de prisa y de quehaceres 

¡Qué extraordinario laberinto  de perdones falsos y enojados!

 Desplomada sobre el enorme butacón de terciopelo granate que preside el eje central  dejo, por fin, que la noria de mi alrededor se detenga. 

Ya lo veo todo nítido...

Y allí está él, detrás de su mostrador,  incólume, como una pieza más del mueble, tan necesario como fácilmente sustituible, escoltado por el casillero de donde extrae, con estudiada arrogancia, las llaves de las que cree sus celdas. Apuesto a que nació en su interior, me lo imagino acurrucado en uno de sus cajones, un pequeño embrión de recepcionista de no más de dos centímetros y un minúsculo auricular asomando, ya, a la vida. Su pequeño cerebro gestando todos los ceros y unos necesarios para alimentar un sistema binario que le llevará al más aburrido de los reduccionismos.

Me miró por encima de sus gafas, con aquellos ojos pequeños como puntas de alfiler y heló mi alma. Una mirada así no debería ser legal, como no lo es portar armas o abofetear a la gente por la calle y menos por los hoteles. 

Con un ligero acercamiento amenazador habló masticando cada una de sus palabras.

-Buenas tardes, ha recibido usted una llamada, alguien intenta con urgencia localizarla en su móvil pero, al parecer... ha vuelto a olvidarlo en su habitación.

Las palabras masticadas fueron escupidas y sentí la baba de la censura estampada en mi cara, así que le miré con los ojos más felinos que encontré a mano y con cierto ronroneo envolví su mortecino semblante.

-Puede ser que lo haya olvidado, o que lo haya perdido o puede ser que lo haya donado para alguna causa noble, francamente me importa un pito esa llamada, si es urgente solo puede venir acompañada de malas noticias, me alegra no haberla recibido.

Su dedo huesudo y pálido coronado por una uña de largura cincelada a golpe de lima diaria, recorrió un listado donde aparecía la fecha y hora de la supuesta llamada, mi propio nombre y el número de habitación, leyó el recado al margen: 

-Volveré a llamar a media noche, es importante que atienda el teléfono, será mi último intento.

-Recibido, dije, y subí la escalera que me conducía a la habitación 121 no sin antes dar varios toques al timbre del mostrador a sabiendas de la irritación que ello le provocaba.

Al entrar vi el móvil sobre la mesilla rodeado de varios pañuelos usados, la camiseta del pijama y un par de inhaladores para el asma.

-¡Siete llamadas perdidas! parpadeaba aquel aparato.

-Pues si son perdidas no seré yo quien vaya a buscarlas, ya pedirán ellas auxilio. 

Tras una ducha me tumbé en la cama y el sueño se apoderó de todos mis sentidos. No sé en qué momento una música absurda me devolvió a este mundo, abrí un ojo, el reloj marcaba las 12,00, el móvil vibraba sobre la mesilla, recordé la amenaza de la última llamada, pulsé el telefonito verde de responder cuando todo se redujo a un fundido en negro. Una vez más había olvidado ponerlo a cargar.

Bueno, la llamada, perdida para siempre, tal vez fuera, por fin, encontrada por alguien. Me di la vuelta y seguí durmiendo.

04/04/2022

ERASE QUE NO ERA

Imagen de Pixabay por gentileza de Andreas H.
Imagen de Pixabay
por gentileza de Andreas H
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Cine Avenida , seis de la tarde, domingo 18 de diciembre del año 1966. Jacobo, de la mano de su hija, atraviesa el eje central del patio de butacas. Fila 10, pasillo. La niña, que en su mano libre sostiene una bolsa de celofán llena de bombones, ocupa el asiento del que cuelgan sus menudas piernas que estira, ansiosa, anhelando alcanzar el suelo.

Jacobo observa a su hija por el rabillo del ojo, disfruta ese momento que le ofrece ser padre, esa satisfacción ancestral de perpetuar la genética. Ella adopta un gesto serio, casi solemne, conoce las normas: silencio y los sentidos alertas. El timbre anuncia que pronto se oscurecerá la sala. Es entonces cuando el pequeño ventanuco ejerce de tronera para desplegar toda la magia en la enorme pantalla blanca. 

Para Alba el tiempo se detiene, ya no es tiempo, al menos no es ninguna dimensión conocida, como no lo es la vez aquella que se era, o el érase una vez de aquella historia. 

Ha conseguido alcanzar el suelo, su padre queda atrás viéndola marchar, tal vez consiga alguno de los diamantes que esos siete enanos arrancan a pico y pala sabiendo ahora la casa limpia y la comida caliente. No puede avisarla de lo que urde la reina más hermosa ni del peligro de los frutos prohibidos.

Alba se adentra en el bosque, una vez más, la última vez  era muy niña, ahora sabe que nadie es quien parece ser. En la casa, cerca de la mina de diamantes donde trabajan explotados niños de corta edad, viven siete hombres con acondroplasia, camuflados y apartados de la sociedad que rechaza su malformación. El príncipe es un vividor amante de la caza en toda su extensión que da largos paseos por el bosque contando historias de reinos y tronos a toda mujer que se encuentra en sus dominios con el único afán de conseguir sus favores y una esposa que le perpetúe la especie.

La reina, una mujer cuya hermosura es lo único que su marido, el rey, valora para  exhibirla como un trofeo, sabe y teme que pronto la cambiará por otra más joven y más bella.

Por eso, fracasada en su propósito, ahora se torna en bruja, su alter ego y, guardiana de su propia ruina,  recurre, torpemente y de nuevo, a la maldita manzana, errando en la elección de su enemiga.

Y allí está esa pobre chica, Blanca, esperando salir del letargo y condenada, también por su belleza, a entregarse por un beso salvador, sin opción alguna.

Y al fin parte, bobalicona, con su chico azul, en la pantalla se habla de felicidad y perdices y el érase una vez vuelve a su sitio.

Las luces se encienden, Jacobo se vuelve hacia su hija y esta saborea lentamente uno de los bombones, aquel con el envoltorio violeta.

-¿Te ha gustado?

-¿El bombón?

-¿Qué sí no?

-¿Volveremos, verdad?

-Volveremos

Cine Avenida , seis de la tarde, domingo 18 de diciembre del año 1966.  Fila 10, pasillo. Las luces se apagan,  Alba rebasa las nueve filas del patio de butacas y atraviesa la pantalla dispuesta esta vez a salvar a la bruja, dispuesta a salvarse a sí misma.


26/10/2018

UNA ZORRA DE NOMBRE HIPATIA Y UNA SEÑORA LLAMADA PILAR

Allá en la sierra, donde se abren paso los acebuches, tenía la astuta Hipatia, una joven zorra algo pendenciera, su espacio vital.
Andaba la susodicha enfrascada en cuitas varias, a vueltas con todos los contratiempos que le generaba su condición.
Ser zorra era algo hermoso pero, a pesar de ello, o precisamente por ello, el mundo andaba empeñado en castigarla.
Su tendencia a la soledad, que no era sino una forma de independencia, era el blanco de quien ansiaba redimirla no siendo más que una mal disimulada envidia de cuantos dependían de todo bicho viviente para proporcionarse el sustento.

Vivía por allí, en un acogedor cortijo, una mujer que, sin ella saberlo (aún) tenía con Hipatia, demasiadas cosas en común.
Era una mujer enjuta, como el terreno, pero de una elegancia curtida a golpe de corte de mangas.
Pilar, a cuyo nombre respondía, cuidaba su cortijo con esmero y su entorno, con tanto respeto, que cualquier animalillo campaba con la confianza que da vivir cerca de alguien tan fuerte y tan vulnerable como tú.

Hipatia, merodeaba por los alrededores. Agazapada esperaba la hora en la que practicar sus maniobras de vigilancia y llevarse, de forma cautelosa, algún enser que le diera más pistas sobre su dueña.(Ora un teléfono, ora una alpargata...)

Pilar llevaba tiempo observando sus visitas con una mezcla de asombro y curiosidad.
¡Para qué demonios querría una zorra un teléfono móvil o una zapatilla!

Una tarde, mientras tomaba un baño, advirtió cómo la zorra la miraba de lejos con tanta atención que no pudo por menos que preguntar
(preguntar a una zorra podía ser síntoma de algo serio, pero al fin y al cabo la locura es algo como muy feminista)

-¿Qué haces ahí? hoy llegas demasiado pronto para tu costumbre, tendrás que esperar si quieres algo.
El animal, en un arrebato de paciencia, que no de sumisión, ladeó un poco las orejas y contempló el baño de su anfitriona tumbada cual perrilla guardiana de la casa.
Tal fue el gesto que Pilar estaba segura de haber oído su respuesta:
- Me gusta mirarte, porque me miro en ti y te veo en mi.
(escuchar hablar a una zorra podía ser síntoma de algo serio, pero al fin y al cabo esa escucha era algo como muy feminista)

Durante varios días, dejaba comida a su alcance y las visitas de Hipatia empezaban a parecerse a las de una buena amiga, silenciosa, camarada, fiel y confidente.

Pronto se creó una especie de alianza, esa que surge de lo natural , de lo auténtico, de lo inevitable.
Se hizo popular entre sus amistades y casi sin darse cuenta se encontró conversando con ella, empezaron a sentirse hermanas en el zorrerío y proclamaron a los cuatro vientos (serranos) que eran feministas radicales, montaron un chiringo y atrajeron a cuantas féminas de variadas especies quisieron acercarse, las lagartas fueron las primeras, las gallinas y las vacas se apuntaron enseguida, pronto llegaron las pájaras, cotorras y lechuzas; las conejas, las focas y las víboras; y, cómo no, las humanas. Todas compartían la barbarie de la injuria, la mofa y el escarnio, eran paradigmas de todos los males que en el mundo han sido.
Tenían que aprender, unas de otras y para sí mismas, luchar porque eran fuertes, sabias y poderosas. Gritar muy fuerte y saltar muy alto.
Se asustaron los machos, las llamaron bellas y frágiles, y juraron protegerlas (de sí mismas, claro)
Otros juraron protegerse (también de ellas, por supuesto)
Algunos se acercaron para explicarles cómo debían hacerlo (según ellos, por supuesto)
Y los más inteligentes, los que entendieron el horror de la barbarie, empezaron a husmear en eso del feminismo y ayudaron a desbrozar el sendero

Hipatia ha desaparecido pero han llegado otras Hipatias, unas más cautelosas, otras más atrevidas... y seguirán llegando y la sierra se seguirá llenando de Hipatias y el mundo de Pilares.
Hace poco apareció Sebas, un Zorrillo algo famélico que oyó una buena mañana hablar de una tal Hipatia y de una señora llamada Pilar.
Esperó el plato de comida, pero le faltó mirarse en ella, en esa mujer que le ofrecía salir de su propia barbarie.

Con Pilar Aguilar el día de la presentación de su libro:
"Feminismo o barbarie"

04/03/2017

¿CUÁNDO HA OCURRIDO TODO?

Cumplir años se convierte en un desafío, y la sensación de juventud va desvaneciéndose junto con el número de personas viejas.
La semana pasada cumplí 57, una edad muy alejada de los maravillosos veinte pero carente todavía de la contundencia abrasadora de la sesentena.
Empiezo a sentirme mayor, mayor por fuera, cuando me observo reflejada en una respuesta o en un comentario, cuando duele un usted que arranca por el respeto debido (a la consabida edad), cuando el cuerpo se niega, sin más; cuando las ganas quedan para otro día, cuando las bisagras rechinan reclamando un aceite que ya se ha usado.
Cumplir años es consustancial a esta esencia mortal que termina triunfando y dejando solo el hueco del recuerdo.
Mi madre habría cumplido hoy 92 años y mi recuerdo no puede imaginarla tan vieja como sería, como yo no puedo imaginarme tan vieja como alguien puede llegar a verme.
¡Qué absurda es la relatividad del tiempo! ¿la percepción hecha engaño o el engaño percibido? ¿Existe el tiempo, o es una burla? ¿Por qué me veo a los cinco años con la misma claridad que a los cincuenta? ¿Cuándo fue ocurriendo todo? ¿Cuándo el tiempo se apoderó del pasado y se hizo futuro? ¿Qué presentes me he perdido?
¿Cuándo ha ocurrido todo?

08/03/2014

ROSAS MARCHITAS

Agazapado al final de la barra del bar, escondido tras la espuma de la cerveza escuchaba, rojo de ira, a aquella panda de cromañones babeantes proferir todo tipo de bravuconadas insolentes, las risotadas inundaban el local con la misma fuerza que sus entrañas.
Sus mujeres tenían buenos machos en casa y por eso sabían a qué atenerse, alguno habló de algún yerno lo suficientemente calzonazos y de lo que, sin duda, necesitaban algunas acompañando la frase de un ostentoso toque de bragueta.
Pagó la cerveza cuando el vómito se acercaba a su garganta,  pasó ante ellos silencioso, sin mirarlos. Antes de subir a casa compró una rosa, era 8 de marzo.

Al entrar besó a su mujer y le ofreció la flor que al poner en agua se marchitó de inmediato.

29/07/2010

GAZPACHO A LA SIESTA

Hoy me ha dado cocinillas y os voy a revelar el secreto mejor guardado: probablemente estemos hablando del mejor gazpacho del mundo, manjar de diosas, sorbos de vida... (Desde que murió mi madre estas cosas de exagerar sobre mis artes y habilidades tengo que hacerlas yo misma, lo siento)


Aprendí a hacerlo una mañana cualquiera de un verano cualquiera con una pizca de inspiración manchega a orillas del Pisuerga, después quité lo que me sobraba -a mi y a quien comparte mi plato- y lo dejé con lo justo para que cada cual, después, amplíe, complemente y satisfaga con el resto de sabor que le hace propio.

Para ello, pues, consigue unos buenos tomates rojos, maduros 1 kilo o kilo y medio (si son de pera ¡la pera!), un pimiento verde pequeño (puede ser italiano si el sabor del otro te resulta un poco fuerte), un trozo de pimiento rojo (esto le confiere rojez y sabor), un trocín de cebolla (poca que pica y carga, no mayor de lo que serían 2 gajos de naranja ) y un diente de ajo al que te has molestado en destripar (ya sabes, quitarle el ajillo ese pequeño que lleva por dentro).

Para el apartado líquido: un vaso de los pequeñajos de vino con aceite de oliva, virgen, extra, suave, dorado, maravilloso y si es arbequina ¡la bomba!, algo menos de vinagre (se puede jorobar el gazpacho con un mal vinagre) de jerez o de módena pero bueno. Un par de vasos de agua y toda la sal que te permita tu sistema cardiovascular.

Mézclalo todo en una batidora y después pásalo por un pasapurés de agujero pequeño. De esto sabe mi compañera Meli que me llevó a "los chinos" a buscar un chino y salí con el pasapurés porque ¡cómo iba yo a pedir un chino a un chino¡¡¡¡ Bueno, que me estoy liando.

Añade hielo y a la nevera.

Cuando lo sirvas debes preguntar si alguien quiere añadir pepino o pan (habrás notado que no lleva nada de ello) así quien quiera pasar la tarde repitiendo pepino que le de a la cucurbitácea y quien se quiera apanarrar pues con su pan se lo coma.

A la copa que está cerca puedes añadirle un buen clarete de Cigales: Catajarros, Carratraviesa... Un Mantel Blanco, exquisito verdejo de Nava del Rey o hasta un tinto de la Ribera del Duero: Senda de los Olivos, Carme, Mauro... ¡qué se yo!, pero de vinos os cuento otro día.

El segundo plato lo pones tú

Después despliega una manta por el suelo y...


¡ECHATE UNA BUENA SIESTA...  A PODER SER: EN COMPAÑÍA!

24/06/2010

LA CAJA DE LOS HILOS

No se muy bien por donde empezar pero quiero empezar, he decidido tener mi blog, propio, personal, sin interferencias profesionales, sin parapetos...
Recordé hoy -pensando en qué nombre ponerle- aquellos años de infancia trasteando en la casa de mi abuela cuando los juguetes se hacían con retales de vida y el mundo entero cabía en una caja de madera; porque la caja de los hilos de mi abuela era de madera y tenía cientos de botones, únicos vestigios de ropas ya convertidas en trapos -o reconvetidas- que bién recuerdo cuando mi madre daba la vuelta a un abrigo o hacía un traje de ángel, para la función de Navidad de mi hermana, con su traje de novia. Corchetes, automáticos, ligueros imposibles, cintas, cremalleras, imperdibles (de estos y de mi madre hablaré un día), medallitas, agujas, acericos, agujones con cabezas de colores, jaboncillos de marcar, bobinas y carretes, ¡ah, carretes!, estos eran mis favoritos, esperaba paciente día tras día a que el hilo de aquel carrete de madera llegara a su fin y entonces anhelaba el premio, esa pieza de madera desnuda cuya forma se prestaba a miles de usos.
No se que magia tenía aquella caja pero cuando mi abuela me obligaba a dejar de revolver yo alargaba el momento argumentando con la mejor de mis voluntades que solo la estaba colocando.
En aquella caja cabía de todo, como en la vida y esos hilos de colores tejieron mis ideas. Hoy ando otra vez como revolviendo... o colocando, en esta otra caja de "nosequé". La iré llenando... y vaciando... recolocando... es memoria de presentes que lo fueron un día, memoria de mujer, cosas por hacer.
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