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07/03/2013

CONCHA GAY, MUJER ENTRE LA TIERRA


Pasear por Valladolid es algo que siempre agradece casi tanto mi cuerpo como mi ánimo, me transporto con  suma facilidad hacia tiempos remotos, cada vez más remotos he de decir, pero disfruto con esa especie de ensoñación melancólica que me atrapa, ese consentido masoquismo que embriaga mi recuerdo.
Una esquina, aquella plaza, ese bar que no cambió, pedestales que elevan a gentes ilustres, sombras de parque y sonidos ahogados, niebla fría y olor a calor

Mañana es 8 de marzo, día de las mujeres, yo quiero hoy hablar de una que reencontré hace poco en uno de esos paseos, una mujer de la tierra cuyas manos hacen que las cosas sean más bellas, una mujer escultora y pintora y no se muy bien si por ese orden.
Concha y yo fuimos amigas hace años en aquel tiempo en que la tertulia era un arte, empezaba a exponer y su obra nacía de su encuentro con el mundo y con la tierra.
Años más tarde la vida nos alejó pero siempre que paseo por la plaza del Coca me gusta mirar "la fuente de las sirenas" y saber que esas tres mujeres, que a mi se me antojan amigas, son el poso de algo que persistirá siempre. Vaya por ello mi reconocimiento hoy a una mujer artista, Concha Gay.

14/04/2012

DE MUROS, ALEGRÍAS, VERGÜENZAS Y REPÚBLICA

Acabábamos de estrenar los 80, esos que se apellidaron de la movida; lucíamos una democracia acneica  y yo componía mis años con patitos. Toda iniciativa servía, había que hacer, aprender, construir, mirar a un mundo que se desayunaba a diario con mieles de libertad. Futuro era una palabra preñada de realidad, el horizonte era extenso y sin brumas y fue por entonces cuando conocí a Manolo Sierra, eran unos cursos del Ayuntamiento de Valladolid para formar monitores de aire libre y Manolo tenía que enseñarnos como llevar un taller de pintura, tal vez porque siempre quise ( y ahí se quedó todo) saber pintar  su sencillez me abrumó, de él  aprendí que el mejor pincel se hace con pelo de la propia cabeza y la mejor bata con una camisa vieja no supe ver a mis veintipocos años que me estaba resumiendo la esencia de la escuela, así de simple, así de compleja, así de autodidacta y así de anárquica, pero en un rinconcito de esa neurona respondona que no muere quedó una pincelada que me da, de cuando en vez algún que otro menoscabo de mi ejercicio de funcionaria (tal vez asesina como cantaba Alaska)
Esta semana santa, como un fin de semana más, volví a las calles de mi ciudad y paseando mi barrio me acerqué a ver lo que bien podría llamarse el muro de la vergüenza, porque Sierra regaló de nuevo su arte, el que otrora fuera bendecido por el mismo alcalde que hoy lo tacha de pintada y, sin el más mínimo pudor, como quien limpia una basura, ordena y manda ser encalado para hacerlo desaparecer de los muros callejeros.
Sí, allí en la calle de Juan Mambrilla lucía resplandeciente el inconfundible optimismo de Sierra que, tras sufrir el primer atentado institucional, (y aquí llega mi rabia) este se vio refrendado por unos cuantos brochazos de seres descerebrados empeñados en demostrar que lo de Fachadolid no es solo un mito.
¡Cristo Rey!, pintan encima ¡tontos de los cojones!, el que nombráis os habría dado una patada en el trasero y vuestras brochas no son más que prolongaciones flácidas de una inteligencia incapaz de hacer un redondel con el culo de un vaso. Y en estas el mismo señor alcalde que tachó de pintada la obra de un muralista de reconocido prestigio no dice ni chus de todo esto y yo me encuentro con él  en mi querida "Acera de recoletos" y me tengo que enfriar la sangre a golpe de improperio por no lanzarme al cuello y quedar como la loca que soy.
Me olvidaba ¿tendrá que ver que el mural se llame "Alegría de la república"? ¡No lo creo! ¿o sí? ¡Ay!

13/02/2012

1968: MARTES Y 13 FEBRERO Y BISIESTO

Era 13 y martes de un febrero también bisiesto, en Valladolid una lluvia fría lavaba las calles tal vez para recibirte con la limpieza merecida de quien se estrena en el mundo. La lluvia imponía la norma de salir del colegio por una  pequeña puerta que agrupaba a las familias bajo una seta enorme plagada de paraguas y allí recuerdo ver a  mi prima,  que en plena adolescencia incipiente, fue la encargada de recogerme ese día para anunciarme con una tierna prevención fruto de la falsa creencia de mi seguro trauma ante tu nacimiento, ¡que había tenido una hermanita!

Erraban quienes pensaron que estaba encantada de mi unicidad y tal vez a sabiendas de ello se empeñaron en convencerme de que tu llegada iba a acabar con "mis privilegios".
Por eso tuve miedo, o vértigo o lo que pudiera sentir una niña de 8 años a la que los Reyes Magos habían complacido en su deseo más hondo y al acercarme a ti y verte en tu moisés de mimbre me pareciste grande y poderosa, con licencia para cambiar mi vida. Pero ese día papá me trajo dos TBOs en lugar de uno como hacía siempre y mamá me miró con tanta ternura que el mundo dejó de temblar bajo mis pies.

Me convertiste en la hermana mayor en aquel 68 convulso y hoy, cuando cumples todos los años que me recuerdan que sigo siendo una hermana muy mayor, mi nostalgia se desliza por la plazuela de San Juan y noto tu manita cálida y orgullosa aferrada a mí, paseando por el Campo Grande, recuerdo tus escapadas a "Sevovia" reafirmándote cuando no te hacíamos caso y la pelumaqui en el sofá, el festival de la OTI donde nos moríamos de risa votando por el atuendo más hortera y la bobada que nos entró con Moreruela de los Infanzones;  por no hablar de la angustia cada verano cuando te perdías en la playa o de como tu cuerpo escayolado en aquel hospital (donde viviríamos años más tarde el rato más amargo) a una edad en la que no debería estar permitido enfermar  me descubrió tu enorme fortaleza de ánimo. En mi corazón quedará para siempre el hermoso regalo de haberme hecho tía y tu apoyo leal a mi opción de vida.

Hemos compartido el dolor y la emoción y me duele pensar que alguna vez no hayamos sabido estar a la altura de lo que nos merecemos como hermanas.
Sigue estando ahí  que solo por eso, hoy, me felicito por tenerte.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS HERMANA!



24/04/2011

SEMANA SANTA EN MI CIUDAD

 
Vaya por delante que no oculto ninguna de las contradicciones que tiñen mi vida y si no fuera por ellas mi perspectiva para emitir juicios sería algo miope por eso me gusta, incluso, regodearme en ellas y asumirlas como algo consustancial a mi manera de ver la realidad.

Desde que me alcanza la memoria (y hoy por hoy me alcanza mucho) recuerdo esa Semana Santa en Valladolid elevando mis ojos de niña hacia aquellos "pasos" donde la madera policromada exaltaba el dolor y la tortura como camino de redención, Cristos sangrantes, mujeres (¡vírgenes!) desgarradas por un profundo dolor de madre, sayones burlescos enarbolando instrumentos de tortura de la época en posturas imposibles que intentan representar una tremenda hipérbole de maldad y humillación.

Y en medio de ese escenario mi abuela y mis primos arrastrábamos la sillita plegable y el kilo de pipas y tomábamos posiciones para ver la que entonces conocíamos como "la procesión general", la del viernes santo, la que, a juzgar de las gentes se considera la mejor exposición callejera de imaginería castellana del mundo.
 Pero mis ojos niños no alcanzaban a apreciar como excepcional algo tan propio, aquello era, sin más, la imagen de mi ciudad, ni tan siquiera semejante exaltación de la tortura, que ahora me sobrecoge, suponía motivo de desaire.

Hace unos días he vuelto a esta tierra, decidida a no pelearme con el rito y asumir siglos de tradición, cámara en ristre, como no podía ser de otro modo, como una turista "penitente". Pero  ha sido la lluvia la que se ha empeñado en ser pagana (por algo es buena para los campos)  y la que me ha llevado, privándome de las procesiones, por algunas de las iglesias que guardan auténticos tesoros arrancados a la madera hace ya algunos siglos. Y he vuelto a sentirme un poco niña, embriagada por el olor a cera y a incienso, ante "la Zapatona" con su colección de cuchillos y he recordado a mi madre con la boca llena de horquillas rematando la faena de vestir a mi prima con mantilla para acompañar a "La piedad" y he intentado entender la mirada del Cristo de la caña atemporal del todo e incomprensiblemente dulce.
Sí, he vuelto a mi ciudad con sus beatonas de medallonas al cuello, flanqueando mesas repletas de estampas y figurillas, sus capuchones a los que envidiaba de cría porque una Junta de Semana Santa tan machista como cacique solo permitía que las mujeres procesionaran de "Manolas" y claro contradicciones muchas pero... ¡manola nunca, solo hubiera faltado! y cuando la consabida Junta se apeó de la burra una ya no estaba por esas chocheces.

"Cristo de la caña" de Gregorio Fernández
Y entre tanto ir y venir de cruces, cirios y penitencias voy leyendo uno de esos libros que se saborean a golpe de capítulo "El dios de cada uno. Por qué la neurociencia niega la existencia de un dios universal" y vuelvo a pensar en mi razón y en mi emoción y al final es solo aquella la que me permite asumir lo incomprensible de esta absurda religiosidad, ¡nobleza obliga, qué se le va a hacer!

¿Será que el buen vino aclara la razón y exalta el ánimo? Creo que voy necesitando otras vacaciones.

17/07/2010

TIEMPO DE PIEDRAS

Me siento bien entre las piedras, esas que manos humanas fueron colocando, poco a poco, en épocas en que el tiempo era infinito y las obras concluían cuando su principio era ya historia.
Crecí entre piedras, enormes moles que emergen orgullosas creando intrusos a su alrededor. No me ciega el sentimiento para dejar de emocionarme ante el espectáculo que brinda la montaña asturiana o los bosques cuajados de ese todo natural en estado puro, del mar y su lenguaje...
Se evidencia la belleza...
Pero yo me recojo en mi rincón a esconderme entre los muros misteriosos que, por obra y gracia (o desgracia) de reyes y gobernantes, ministerios de cultura con subvención y, sobre todo, del calor de cada mano que los acaricia, del beso a escondidas que los hace cómplices, de cada mirada que los ensalza, han ido creando rincones, espacios, que -al menos a mi- me han hecho sentir algo muy parecido al amor.
Es ese amor el que acompaña mi nostalgia para llevarme hasta Valladolid y sentarme en los bancos de piedra que abrazan la fachada del Palacio de Santa Cruz, donde el frío del invierno te helaba todo menos el alma y el calor de unos besos no impedía que el deseo volara hasta otros labios, traición tan imperdonable como inevitable ¡qué se le va a hacer!.
¡Cuántos secretos de adolescencia encerrados en una plaza!
Y es en otra plaza, la de San Pablo, donde me siento en la cruz de piedra para contemplar la iglesia que le da nombre adivinado en sus filigranas figurillas divertidas. Me giro un poco hacia la derecha y veo el Palacio de Pimentel, y al hacerlo hacia la izquierda  Felipe II me hace un guiño cómplice de las horas pasadas, testigo del amor que salpicó todo el empedrado, y del tiempo invertido en buscar una mirada, una palabra, un gesto... Recorrer cincuenta pasos para deshacer ese nudo en el estómago que te hace esconder el mundo en el bolsillo y guardarlo para ti sola.
En San Pablo, entre sus cuatro paredes de historia, cuando la niebla te empapa hasta lo más hondo y las luces dibujan el escenario de una gran taberna, hoy, todavía, se refleja en mi rostro una mueca de añoranza y ahora que el tiempo ha salpicado en mis sienes pinceladas de eso que llaman madurez sé que nunca volveré a amar como entonces y que a entonces le debo el amor de ahora.
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