sábado, 9 de octubre de 2010

VA POR TI, MAMÁ

Me naciste un domingo de febrero, satisfecha de haber llenado el vacío de un hijo que dos años antes a duras penas consiguió nacer.
Y fue un aciago martes de otoño, hoy hace justo nueve años, cuando decidiste enseñarme la prueba más dura, la de tu marcha. Nunca pensé que la orfandad se viviera en las carnes con tanto sentimiento de desamparo, nunca viví una pena tan honda; será porque te fuiste sin avisar, -¡para no dar quehacer!, que decías siempre.
Seis días con el corazón en vilo esperando para que ese maldito teléfono, al que mi hermana terminó por cambiar el tono, nos anunciara lo que ya era un hecho.
Ni un solo día ha pasado, desde entonces, sin una pincelada de tu recuerdo. ¡Cuánto me gustaría que supieras de mi añoranza! ¿O ya lo sabías?
Por eso te llevaste la receta de las patatas rellenas y la sopa de pescado que tuve que reinventar rebuscando en cada uno de mis sentidos.
Por eso, a veces, pego los bajos de los pantalones con fliselina porque no puedo dejar de escucharte las tibias reprimendas al verme coger la aguja -¡qué poca gracia tienes! decías y agrandabas tu sonrisa satisfecha al sentirte útil.
Coqueta para confesar tu edad a sabiendas de que nunca la aparentaste, la risa fácil fue tu medicina ante la vida, definías los dolores como incómodos compañeros que te recordaban que estabas viva, no en vano superaste un cáncer como quien pierde una muela pues no podías permitir que la enfermedad te arrancara uno de tus mayores deseos: conocer a tus nietos. Los disfrutaste poco pero lo suficiente para hacerles el regalo de haberte conocido.
¡Fue un aciago martes de otoño! cuando tu cabeza no pudo más.
-Hay muertes repentinas, me dijiste unos días antes empeñándote en no demorar el pago de unas pesetas que me debías.
Pero el cariño y el recuerdo son eternos y estos van por ti mamá
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