jueves, 4 de agosto de 2011

¡A MUERTE CON LA VIDA!

Tiene el verano un no sé qué de ensimismamiento que me hace ver la vida desde un ángulo algo raro, ese calor que embadurna el cuerpo y engorda los sentidos de manera casi cruel para  hacer  de las ausencias todo un despropósito.
Fue en este Valladolid de mi alma donde tejí  gran parte de mis sueños  y casi me había olvidado de cómo se siente  esa nostalgia de pasado y de  futuro que a veces te regala una tarde de cielos claros y de sol intenso. Solo hay que sentarse a dejar que la vida pase para que en un momento todo se vuelva olor, algo así como un bálsamo dulzón donde las formas se vuelven sensaciones y la música es el único lenguaje conocido.
Una ligera brisa agita las hojas de ese árbol que anuncia las estaciones y en su batir cansino  asoman augurios de un otoño todavía lejano mientras dos  moscas machadianas zumban pesadas como si volvieran de borrachera.

Sí, hoy podría haber sido un día guapo para regodearme en el placer de la melancolía pero guarda en sus entrañas el dolor de un adiós, ese que se da a un amigo, y el de una torpe empatía con la que fue su compañera de vida.
¡A muerte con la vida! –que dice Ángeles-  pero cuando esta llega nos aplasta con un enorme abandono donde solo se evidencia la ignorancia de un absurdo juego que no entiende de normas ni de fidelidades, de amor y necesidad,  insolente y sin concesiones.
Hoy vuelve a ser un día triste y esto empieza a ser ya una fea costumbre.


Adiós Celso, que en tu viaje vayas siempre acompañado de una enorme sonrisa y descansa que, desde aquí, seguiremos contigo queriendo a tu chica.
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