sábado, 1 de septiembre de 2012

ADIÓS TAMBIÉN...GILDA


      Tal vez tu destino era ser una perraflauta pero el día en que tu madre, preñada y abandonada, fue recogida en la calle Corrida de Gijón por Isabel, una  mujer de esas que dicen de edad y amante de los animales, tu futuro dio un pequeño vuelco. Ella hizo que nacieras arropada entre mantas y asistida por veterinaria y ella fue, también, la que ligó tu futuro a nuestras vidas cuando permitió que te recogiéramos en su casa un día de abril para hacerte hermana, por derecho, de la que sería tu compañera de juegos y disputas durante 14 años, una Fox tan guapa como altanera, con tanta raza y belleza que en el primer viaje te recordó que te había tocado ser la fea.

      Pero tú, con ese espíritu de supervivencia guardado en algún gen del abandono fuiste imponiendo, con arte certero, esa raza que exhiben las desheredadas con derecho a tierra.
A cada pose de arrogancia de Greta respondías con un acercamiento rayano a la sumisión, y con zalamería casi felina accedías a caricias y arrumacos de cualquier humano viviente. Así conquistaste a los sobrinos empeñados en disfrazarte o a las abuelas que no necesitaban acelerar la marcha cuando paseabas a su lado. Y también conquistaste a Greta que pronto asumió la necesidad de protegerte porque con quererte ella ¡ya estaba bien de amores!
      Y a nosotras que un buen día, después de quedarte pelona, vimos aparecer como si se tratara de una crisálida una hermosa perrina que, sin duda alguna, tenía raza propia: Gilda, diseño exclusivo, tan guapa que solo nos queda el recuerdo para evocarte.

      Tus patitas, demasiado cortas, soportaban un cuerpo algo más pesado de lo deseable debido a tus aficiones gastronómicas por lo que desde hace unos años caminabas lo justo y te resistías a esfuerzos innecesarios rezongando terca cuando te obligábamos a caminar un poquito más.
      Por eso, en estos últimos días cuando te negabas a aplicar ese esfuerzo a lo único que te daba placer en la vida y volvías la cabeza ante los manjares que se nos iban ocurriendo, escuchamos en tu silencio ese grito de ayuda para dejarte marchar, para permitirnos realizar el acto más generoso que nuestra propia naturaleza (la humana) se empeña en negar.
      Hoy con una pena honda que pellizca aquí dentro hemos elaborado tu adiós y te hemos visto marchar mansamente burlándole a la muerte todo lo que tiene de indigna.
      Vete tranquila que tu recuerdo es dulce y aquí nos queda Trufa para acompañarlo.

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