sábado, 25 de agosto de 2012

HILOS DE PLAYA

El pequeño avión iba y venía batido por el viento condenado a una estereotipia eterna y tremendamente aburrida. Era un avioncillo blanco ribeteado de rojo en las alas y atado a un hilo invisible que le hacía aparentar una libertad ilusoria.
Me recordó tantas cosas que casi me inquieta esa tendencia inoportuna a la comparación.

            Hilos invisibles se trenzan en derredor y nos amarran a finales ocultos, vidas batidas por vientos inquietantes con destino a ningún sitio, ir y venir con rezongona indolencia por creer que es el hilo el que te protege.

            Multitud de negros recorren cansinos la playa como sombras huidas de cuerpos en patera; arrastran cachivaches y enormes hatos de ropas multicolores cosidas en sótanos sombríos a cambio de un sueldo que superará a duras penas el valor de cada prenda.
            -¡Barato Mary!, cómprame un reloj para tu marido…
Y cuando le miro atravesando esos ojos profundos como el Estrecho, adivina que ni yo soy Mary ni voy a tener marido. Toca ahora desplegar el resto del ritual con pocas ganas pues el sol aprieta tanto como el ramadán y esta Mary, hoy, no va a aflojar la cartera.

            Desvío la mirada hacia el avioncillo que afanoso en su tarea remonta ahora el vuelo planeando por encima del bosque de sombrillas multicolores, libre, al fin, ¡sube!, pero entonces mi mano atrapa un fino hilo negro que se prolonga desde un carrete asido por la mano de su dueño esmerado en rebobinarlo para recuperar el juguete playero.
            Vuelvo a casa (eufemismo veraniego aplicado al lugar de residencia), para pasear a mi perra a la que amarro a una correa extensible y sin querer pienso de nuevo en el avioncillo, en el carrete de hilo y en el negro que ahora duerme plácidamente bajo la palmera. Y al pasar al lado de unos cubos de basura veo asomar unas alas blancas ribeteadas en rojo de donde cuelga un largo hilo negro.
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