sábado, 14 de abril de 2012

DE MUROS, ALEGRÍAS, VERGÜENZAS Y REPÚBLICA

Acabábamos de estrenar los 80, esos que se apellidaron de la movida; lucíamos una democracia acneica  y yo componía mis años con patitos. Toda iniciativa servía, había que hacer, aprender, construir, mirar a un mundo que se desayunaba a diario con mieles de libertad. Futuro era una palabra preñada de realidad, el horizonte era extenso y sin brumas y fue por entonces cuando conocí a Manolo Sierra, eran unos cursos del Ayuntamiento de Valladolid para formar monitores de aire libre y Manolo tenía que enseñarnos como llevar un taller de pintura, tal vez porque siempre quise ( y ahí se quedó todo) saber pintar  su sencillez me abrumó, de él  aprendí que el mejor pincel se hace con pelo de la propia cabeza y la mejor bata con una camisa vieja no supe ver a mis veintipocos años que me estaba resumiendo la esencia de la escuela, así de simple, así de compleja, así de autodidacta y así de anárquica, pero en un rinconcito de esa neurona respondona que no muere quedó una pincelada que me da, de cuando en vez algún que otro menoscabo de mi ejercicio de funcionaria (tal vez asesina como cantaba Alaska)
Esta semana santa, como un fin de semana más, volví a las calles de mi ciudad y paseando mi barrio me acerqué a ver lo que bien podría llamarse el muro de la vergüenza, porque Sierra regaló de nuevo su arte, el que otrora fuera bendecido por el mismo alcalde que hoy lo tacha de pintada y, sin el más mínimo pudor, como quien limpia una basura, ordena y manda ser encalado para hacerlo desaparecer de los muros callejeros.
Sí, allí en la calle de Juan Mambrilla lucía resplandeciente el inconfundible optimismo de Sierra que, tras sufrir el primer atentado institucional, (y aquí llega mi rabia) este se vio refrendado por unos cuantos brochazos de seres descerebrados empeñados en demostrar que lo de Fachadolid no es solo un mito.
¡Cristo Rey!, pintan encima ¡tontos de los cojones!, el que nombráis os habría dado una patada en el trasero y vuestras brochas no son más que prolongaciones flácidas de una inteligencia incapaz de hacer un redondel con el culo de un vaso. Y en estas el mismo señor alcalde que tachó de pintada la obra de un muralista de reconocido prestigio no dice ni chus de todo esto y yo me encuentro con él  en mi querida "Acera de recoletos" y me tengo que enfriar la sangre a golpe de improperio por no lanzarme al cuello y quedar como la loca que soy.
Me olvidaba ¿tendrá que ver que el mural se llame "Alegría de la república"? ¡No lo creo! ¿o sí? ¡Ay!

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