domingo, 29 de agosto de 2010

VEJEZ PERRA


No se si la vejez es perra pero yo tengo dos perras viejas y de esta vejez o de esta perrez es de la que quiero hablar. Será porque este verano me he reencontrado con la, habitual por otra parte, experiencia de compartir vida, espacios y diversiones (léase asuetos) con dos perras ya añosas, pues haciendo la socorrida conversión que nos lleva a esa tendencia insidiosa de pasarlo todo por el patrón humanoide vendrían a figurar como nonagenarias.


¡Son viejas leche! Y son viejas de verdad: cataratas que dejan a la pobre Gilda, mas ciega que un murciélago, caminando por la casa como los cochecitos de Payá -esos que al chocar con una pared modifican el rumbo despacito- y te mira fijamente apuntando a un vacío que para ella está lleno de todo.

Hipertensión que hace que Greta tenga que tomar su pastilla diaria; que no tengo ni idea de cómo se le toma la tensión a un perro, es cuestión de fe en el veterinario que para eso cobra sus buenas perras por hacer tamaños vaticinios con las propias ¡¡¡

Artrosis que hace que un corto paseo prolongue indefinidamente la vuelta a casa, alergias, tosecillas, verrugas, otitis, sordera,…

Greta y Gilda cumplieron 13 años y medio el pasado julio y son dos nobles perras ancianas (Fox Terrier la primera y “Diseño Exclusivo” la segunda) que siguen viajando con nosotras allá donde vamos, adaptando, ya, el destino a su edad, buscando espacios (no sabe la familia como se agradecen estas cosas y estas casas) donde puedan quedar descansando a la espera del reencuentro para cumplir sus rutinas diarias apremiadas por lo que eufemísticamente venimos a denominar “sus necesidades”, evitándolas calor y fatigas.

Tal vez la vejez sea perra, pero mis perras viejas se hacen viejas conmigo y en su vejez aprendo, de paciencia y de tiempos, de cariño y de ternura, de miedo y de futuro, de respaldos y adhesiones, fidelidades, compromisos y responsabilidad.

No se por qué escribo esto pero me apetecía contarlo, sé que hay gente que no lo entiende (me importa un carajo) y los más perversos comparan viejos y vejeces y de nuevo aparece la inoportuna tendencia humanoide como si de repente el culo tuviera algo que ver con las témporas.
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